El placer de matar

Matar es la acción más placentera a la que uno se puede dedicar en esta vida pero, ¡cuidado!, que produce adicción. Sí, y os hablo desde la experiencia, una vez has matado, es como aquellas patatas fritas que no podías comer solo una. Siempre quieres más, ya no puedes parar.

Todo empezó con la aparición de unas pequeñas moscas en la cocina, zona fregadero y aledaños. Al principio no me molestaban y las dejaba en paz, pero llegó un día que ya sumaban como seis o siete revoloteando sin complejos y ahí me dije: "Edmundo, tienes que hacer algo". Y vaya si lo hice.


Lo que hice fue echar insecticida, que aunque sociópata mis métodos de matar moscas no distan mucho de los vuestros. Eché un rociado general por la cocina y pensé, iluso de mí, que habría acabado con todas, pero al día siguiente descubrí que no sólo no había acabado con todas, sino que probablemente aún había más. Y  se puede decir que ahí cometieron un error fatal porque entonces me dije, "Edmundo, estas diminutas se están riendo de tí". Y nada peor para un sociópata que la sensación de que se ríen de uno. Nuestra reacción puede ser desmesurada. Decidí que la rociada no iba a ser general, si no que iba a entrar en una bastante descompensada batalla cuerpo a cuerpo. Y ahí me tenéis, buscando moscas por el fregadero o las paredes y lanzándoles su rociado personalizado. Volaban en un intento desesperado de escapar al pulverizado mortal y yo brincaba tras ellas, lanzándoles más veneno mortal. Y así hasta acabar con todas. Fue un festín de horror, adrenalina y muerte. Lo mejor que me ha pasado en años. 

Al día siguiente aún quedaba alguna revoltosa y repetí operación, pero esta vez la diversión acabó enseguida y me quedé con el bote de insecticida desenfundado y una gran frustración.  "Si has vencido, ¿por qué estás triste?" -me pregunté. Pues ya os lo he explicado arriba. Una vez matas, ya no puedes parar.

Hoy he abierto las ventanas para que vengan más y les he dejado migas de galletitas y el cubo de la basura sin cerrar. Y mientras, espero, agazapado bajo el fregadero, con mi bote insecticida preparado para matar.

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